El Beso – Una Leyenda por Gustavo Adolfo Bécquer

El Romanticismo fue un movimiento literario que se formó como respuesta a la Ilustración, la cual consideraba la razón y la lógica más importantes que la imaginaciόn o la emociόn. El romanticismo empezό cerca del año 1800 y terminó alrededor de 1850. Los principales elementos de este movimiento eran el uso de la imaginaciόn, la palabra oral, las emociones y la búsqueda de lo ideal. Un representante sobresaliente del Romanticismo fue Gustavo Adolfo Bécquer. Él nació en Sevilla, España en 1836 y vivió parte de su vida en Toledo, a la que se refiere muchas veces en sus obras. Una de sus leyendas más famosas es El Beso, la cual resalta algunos de los dichos elementos del Romanticismo. Durante esta época, había mucha polémica sobre el papel de la iglesia católica en la vida diaria. En El Beso, Bécquer implica que los seres inanimados son un medio para materializar los elementos intangibles de la religión católica.

La leyenda de El Beso cuenta la historia de un capitán francés que se acoge con su ejército en un convento durante la ocupación francesa. Durante una noche se enamora de una estatua que se llama Doña Elvira de Castañeda. El próximo día, él habla con su ejército y los invita a admirar la belleza de tal estatua. La noche siguiente, en una gran celebración, todo el grupo canta y se embriaga. Entre carcajadas y tanta emoción, empiezan a destruir la iglesia. Todo llega a un clímax cuando el capitán intenta besar la estatua de la mujer. Castigado por el guerrero, él muere trágicamente.

Uno de los elementos intangibles de la religión es el pecado y la iglesia es el lugar donde este es perdonado. Normalmente se considera una iglesia como un lugar de reflexión y tranquilidad. La gente puede ir ahí para contemplar y confesar los pecados en vez de cometerlos. En El Beso, el ejército no respeta este espacio religioso y la iglesia se convierte en un lugar de frivolidad, donde todos empiezan a embriagarse, hasta “[comenzar] a trastornar las cabezas, [crecer] la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes” (Bécquer 11). Sin embargo, la ebriedad es sólo uno de los pecados cometidos en este espacio religioso. También, el ejército roba partes de la iglesia como la sillería del coro, las gradas del presbiterio y imagenes de santos para usarlas como leña. Pero la embriaguez del capitán le prende el deseo hacia la mujer, y Bécquer describe este fenómeno como un “confuso velo…delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba a veces en una mujer real” (Bécquer 12). Bécquer ilustra una escena con dos estatuas juntas, una de un guerrero y la otra de su esposa, incados rezando sobre sus tumbas. En este momento, en el que el capitán echa su vino en la cabeza del guerrero e intenta besar la estatua de la mujer en una mezcla de imaginación y emoción. Al cobrar la vida, estas estatuas representan la irracionalidad que enloquece a un personaje. En el romanticismo, esta locura es a menudo codiciada; sin embargo, en las leyendas de Bécquer se observan excepciones a este rasgo. A la misma vez que Bécquer es un representante de este movimiento, también enfatiza los valores de la religión católica tradicional. Es así que la locura normalmente es una virtud deseable pero solamente cuando cabe dentro de las normas de la iglesia.

Otro elemento de la religión católica que se revitaliza en esta leyenda es el castigo a los pecados. En la tradición católica, un castigo es necesario para alcanzar el cielo si la persona no confiesa sus pecados a un sacerdote antes de morir. Un paso necesario para llegar al cielo es el Purgatorio, en el cual los pecadores se purifican tras el sufrimiento. Ya que el capitán no confiesa sus pecados, al momento de morir, es necesario que él sufra algún tipo de Purgatorio antes de ir al cielo. Su muerte trágica es producto de sus intenciones pecaminosas con las estatuas. En las palabras de Bécquer, “en el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra” (Bécquer 14). La presencia de los castigos proviene de las estatuas. Es decir, la estatua del guerrero lleva el Purgatorio a la tierra. Se puede considerar el golpe que le da el guerrero un paso en un camino muy largo antes de entrar el cielo porque se acerca a la muerte. A la vez, el ejército recibe un castigo indirecto al mirar la muerte sangrienta de su líder. De hecho, en muchas obras de Bécquer las estatuas o seres inanimados cobran vida con la intención de intervenir en el mundo real para arreglarlo.

Finalmente, Bécquer usa las estatuas para dar forma al fenómeno del perdón. Para muchos románticos, esta vida material y corporal, era el fin de la existencia. Es decir, pasaban sus vidas en la búsqueda de algo que sabían que no existía: la perfección inmaterial en el mundo material. Es por esta razón que muchos escritores en esa época experimentaban un desengaño al ver que sus ideales chocaban con la realidad. Una muestra de ello es la forma en la que el capitán describe su experiencia, “el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco” (Bécquer 13). Al sufrir esta crisis existencial, muchos románticos se suicidaban. Bécquer nos muestra una alternativa a la materialidad de la tierra. A través de la fe, se puede encontrar la perfección, porque es intangible. El perdón es uno de los elementos más importantes del catolicismo. Para muchos católicos, el sacrificio de Jesucristo por los pecados del hombre representa el milagro más profundo en la historia de los humanos. Su perdón por los pecados representa exactamente lo que muchos románticos buscaban pero nunca podían encontrar en este mundo terrestre: la pureza. Por eso, Bécquer enseña que aunque no sea posible encontrar lo ideal en el mundo real, se puede encontrarlo después de la muerte si se tiene fe. Entonces, la muerte del capitán no sólo es una tragedia, sino también una oportunidad, un escape del mundo material y un camino a la perfección que existe solamente en el cielo. En relación a cómo las estatuas le ayudan al capitán a alcanzar esta meta, es necesario recordar la forma ideal de un humano según los románticos. Según ellos, la palabra oral es mejor que la palabra escrita, pero el silencio es aún mejor. Para ellos, el silencio, la reflexión y la paz son valores buscados. Cuando el capitán se muere, se convierte en humano ideal, pues no habla más y no puede cometer pecados.

Mientras muchos románticos buscaban una perfección en este mundo que era imposible encontrar, la iglesia católica nos muestra una manera para alcanzar esta perfección tras el proceso de purificación a través del arrepentimiento. Muchas veces en el romanticismo, esta perfección es codiciada, mas es inalcanzable. La iglesia sirve como un medio entre el mundo terrestre y el mundo divino para que los humanos puedan alcanzar la perfección en este último, si bien después de la muerte. En sus leyendas, Bécquer reconcilia el orden y la irracionalidad a través de la religión. Una figura que ilustra la dinámica de los elementos de Romanticismo es la de un collar de perlas India’s por un hilo, en el que estas simbolizan la imaginación y aquel, la razón. Tal como en el “collar” no se podía conectar las perlas de la imaginación sin la razón, Bécquer nos muestra cómo la iglesia también sirve como un enlace entre la irracionalidad y imaginación que es necesario para comprender los misterios de la Biblia. Él usa las estatuas como símbolos para representar esta función de la iglesia, pues las estatuas son los que llevan a cabo las funciones de la iglesia: el castigo y el perdón. Aunque la estatua del guerrero mata al capitán, se ha visto como esta muerte le ayuda a acercarse a la perfección para que esté listo para entrar en el cielo. Mientras unos románticos veían la muerte como un fin en sí, Bécquer nos muestra como la muerte es solamente un paso en el camino a la perfección. El fin se encuentra en la eternidad en el cielo que se experimenta por parte de la absolución.

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